Mario R. Duran Chuquimia(*)
Jueves por la noche, casi medianoche, subo a un minibus que tiene por destino la ex-tranca de Rio Seco. Me acomodo en la tercera fila, luego de esperar que suba gente al azar. Una pareja de jovenes se despide, visten estilo regueton y por el rostro se nota que no pasan de los 16 años. La chica sube a la parte delantera del minibus casi al lado del chofer. Minutos despues sube una persona, las cicatrices en el rostro y el olor a clefa lo denuncian como adicto a los inhalantes. El minibus avanza por la avenida Juan Pablo II. El clefero hace detener el minibus en una esquina oscura, abre la puerta delantera y baja a la fuerza a la chica, la arrincona contra la pared y nadie hace nada. Todo sucede en minutos, anuncio en voz alta: “puede ser hermana, hija o pareja – me dirijo al chofer y le digo - que no arranque el minibus”.
Sueltala – me escucho decir – No te metas mierda... es mi ñata, me responde una voz aguardentosa. Veo el brillo de una navaja mariposa en su mano izquierda. ¿Es tu pareja?, le pregunto a la joven, escucho un debil “no” acompañado de sollozos. Sueltala – repito - he visto que no se ha subido contigo. El clefero me mira de reojo, le llevo media cabeza de altura y unos cuantos kilos, dentro mi mano derecha, un llavero con cadena envuelto en papel higienico para dar mas fuerza al puñetazo, la cadena alrededor de mi puño brilla en la oscuridad. Repaso mentalmenta las fintas de las clases de judo que no aprendi. Espero un navajazo, lo hacen sin tecnica – recuerdo las palabras de un policia amigo cuando hablamos sobre los adictos a los inhalantes - apuntan al estomago o a la cara, le haces el quite y le das un codazo en la nuca o una patada en la entrepierna. Claro -respondo ironico- de yapa le doy una patada voladora a lo Van Damme. Mil pensamientos en segundos. Tengo la adrenalina a mil.
Otra vez la voz del policia, los adictos forman una especie de tribu, en grupo son capaces de todo, a solas depende de cuanto inhalante tienen en la cabeza. El adicto suelta a la adolescente, ella sube al minibus que esta a mis espaldas, hago lo mismo. El automovil prosigue su camino. Escucho un debil gracias y una señora me dice: “bien hecho joven”. Pregunto: ¿que andas haciendo tan tarde?. Estaba con mi chico. ¿Te imaginas que te hubiese pasado si nadie bajaba del minibus?. El silencio y la mirada en el piso de la adolescente por respuesta. Ella se queda en la ex-tranca de Rio Seco. El minibus me lleva a destino y en mi mente reflexiones sobre lo ocurrido. Y siempre la misma pregunta: ¿que hicimos -como ciudad- para merecernos esta realidad?